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Mayo. El mes de la primavera, las tormentas y el crecimiento. Para las madres mexicanas, este mes también marca un tiempo de celebración. A diferencia de los Estados Unidos, donde el Día de las Madres se celebra el segundo domingo de mayo, en México se celebra el 10 de mayo, independientemente del día de la semana.

Así que, como toda buena hija latina sabe, debemos planear el brunch, coordinar los regalos y asegurarnos de que mamá se sienta apreciada y amada. Porque una cosa es segura: el Día de las Madres está destinado a honrar el trabajo invisible que mantiene a las familias funcionando: las citas programadas durante la hora del almuerzo, la casa que de alguna manera siempre permanece limpia, las celebraciones de cumpleaños y todo eso mientras mamá también trabaja, porque proveer también es una forma de amar.

El Día de las Madres no es solo una fecha. Es un llamado de atención. Un recordatorio de que debemos reconocer no solo lo que hacen las mamás, sino también lo que necesitan para prosperar realmente en nuestra sociedad. Porque el cuidado y la celebración siempre han tenido un costo económico. Y no me refiero únicamente a las maneras en que honramos a las madres: a veces con flores, comidas, regalos y, en mi caso, el año pasado, incluso con una banda de mariachis. Hablo de algo más profundo: el creciente costo del cuidado en sí y el menosprecio sistemático hacia las mujeres que sostienen la economía del cuidado.

Cuando México estableció oficialmente el Día de las Madres el 10 de mayo de 1922, la fecha fue elegida con un propósito práctico: coincidía con el día de pago de los trabajadores. Al seleccionar el día 10 del mes, el gobierno se aseguró de que las familias trabajadoras tuvieran los medios para celebrar a las madres.

Dos décadas después, en 1942, el gobierno mexicano hizo otro gesto simbólico por el Día de las Madres al devolverles a las mamás las máquinas de coser que estaban empeñadas sin exigirles el pago de los préstamos. El acto reconocía la contribución económica de las madres, mientras que su trabajo en sí —su labor de vestir y cuidar a sus familias— seguía siendo, en gran medida, invisible.

En 1922, la preocupación era saber si las familias tendrían suficiente dinero para comprar flores el 10 de mayo. En 2026, la pregunta es si las familias pueden permitirse trabajar en absoluto. Veamos los números. No es ningún secreto que el cuidado infantil es costoso. Algunas familias destinan hasta el 30% de sus ingresos al cuidado infantil, lo que lo vuelve inasequible en casi todo Estados Unidos.

Sin embargo, el sistema sobrevive gracias a una fuerza laboral mal remunerada compuesta principalmente por mujeres, especialmente mujeres negras y latinas, que con frecuencia ganan menos de 15 dólares por hora.

Las proveedoras latinas representan aproximadamente el 23% de la fuerza laboral del cuidado infantil, pero enfrentan tasas de pobreza desproporcionadamente altas, y las mujeres negras y latinas están especialmente en el sector de cuidado en el hogar con bajos salarios.

Y sí, la participación económica de las mujeres ha crecido drásticamente desde 1922. Solo las latinas contribuyeron con un estimado de 1.3 billones de dólares a la economía estadounidense en 2021, y su aportación económica ha crecido más rápido que la de las mujeres no hispanas durante la última década.

Pero incluso mientras el trabajo remunerado de las mujeres se ha vuelto cada vez más esencial para el crecimiento económico, el trabajo de cuidados que hace posible ese trabajo sigue siendo mal pagado y poco valorado.

Estas consecuencias van mucho más allá de los hogares individuales. El aumento de los costos del cuidado infantil obliga a muchas madres a abandonar la fuerza laboral, lo que reduce la participación laboral y le cuesta a la economía de Estados Unidos un estimado de 172 mil millones de dólares al año. Un informe encontró que si tuviéramos un sistema de cuidado infantil más accesible, los ingresos de las mujeres a lo largo de sus vidas podrían aumentar colectivamente en 130 mil millones de dólares.

Cuando las proveedoras, particularmente mujeres negras, morenas y de bajos ingresos, se ven obligadas a abandonar el trabajo remunerado, las comunidades pierden ingresos, las empresas pierden productividad y las familias pierden estabilidad.

Por eso, el 11 de mayo, padres, madres y proveedoras de cuidado infantil en todo el país participarán en el quinto Día Sin Cuidado Infantil.

Padres y proveedoras están exigiendo lo mismo por lo que las madres mexicanas luchaban indirectamente en 1922 y 1942: el reconocimiento de que el trabajo de cuidados es la base de la economía, no una carga privada que las familias individuales deben absorber, sino un bien público que sostiene toda la economía.

La historia siempre deja lecciones y, como de costumbre, las mujeres y las madres son quienes llevan esa antorcha hasta la recta final. La pregunta ya no es si debemos invertir en el cuidado infantil. La realidad es que no podemos darnos el lujo de no hacerlo. 

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