Nunca me había detenido a pensar en lo que realmente significa la latinidad para mí. Siempre marqué la casilla de “latina” en formularios y documentos sin pensarlo dos veces. Pero no fue hasta esta semana que entendí la complejidad de este término.
Crecí en Cali, Colombia, rodeada de arepas, empanadas y pandebonos. El fútbol y la salsa son nuestro pan de cada día y aunque llevo más de 15 años en este país, a veces olvido que mis amigas dominicanas o venezolanas no crecieron en ese mismo ambiente.
Durante años no lo noté. Al conversar, hablamos el mismo idioma. Al bailar, nos gustan géneros similares. En el trabajo, todas compartimos esa mentalidad luchadora que nos identifica: salir adelante desde pequeñas, sin pedir permiso.
Pero todo cambió en una charla organizada por Community Change Action, junto a FLIC, en el sur de la Florida. Nuestro objetivo era comprender la situación actual de los latinos en este estado, pero lo que escuché me hizo repasar todo.

Varios miembros de la comunidad señalaron algo incómodo pero necesario: la sociedad nos agrupa como “latinos” sin considerar las divisiones y diferencias entre nuestras nacionalidades.
Una hondureña lo dijo sin rodeos: “Existe una jerarquía en la latinidad. No es solo por el origen racial; es por el país de origen. En la parte más baja están los centroamericanos, con los hondureños en el último escalón. Los cubanos y los venezolanos están en lo más alto, con gran poder político.”
Otros participantes coincidieron: aunque nos ven como un grupo colectivo, especialmente en encuestas que hablan del “bloque Latino”, no somos un grupo unificado. No contamos con las mismas herramientas para salir adelante.
Es comprensible: un cubano no tiene las mismas prioridades que un puertorriqueño o un mexicano. Las experiencias migratorias son distintas. Las dificultades también.
Pero entonces, ¿qué pasa con los problemas que nos afectan a todos? La política, los salarios o el cuidado de la salud.
Varios colombianos en la discusión lo aclararon: depende de la situación de cada persona. Estas temáticas nos impactan, pero no de la misma manera. Por ejemplo, en cuanto a la inmigración, no es un secreto que los cubanos, quienes históricamente recibieron amparo al llegar a suelo estadounidense, nunca han navegado el sistema migratorio como otros inmigrantes. Y aunque Trump ha aumentado las deportaciones de cubanos a niveles récord, muchos siguen insolidarios ante los ataques contra otras comunidades inmigrantes.
Por eso, hoy más que nunca, nuestra labor consiste en organizarnos y en unir a la comunidad latina mediante puentes imaginarios de solidaridad, construyendo un futuro próspero tanto para latinos como para no latinos. Todo esto es clave mientras nos preparamos para las elecciones de medio término. No podemos asumir que el “bloque de latinos” va a votar de cierta manera.
Aunque sí, hay razones para el optimismo. Hace unas semanas, en Texas, se estableció un récord: en varios condados de mayoría latina se emitieron más votos en las primarias demócratas que en las elecciones presidenciales.
Además, organizadores locales relataron que durante una visita al centro de detención ‘Alligator Alcatraz’ recibieron una inesperada ola de apoyo de ciudadanos estadounidenses que transitaban por la zona. Muchos se bajaban de sus autos para sostener carteles o para ayudar durante la recolección de información en las afueras de este controversial campo de concentración. Una pequeña pero significativa muestra de solidaridad en tiempos de tanta división y odio.
Pero el mensaje de la comunidad en Florida quedó claro: existe una jerarquía en la latinidad y ese mismo mensaje no va a funcionar en este 2026 para todos los votantes ciudadanos originarios de países latinoamericanos. No podemos asumir que todos los latinos estamos en el mismo barco. Porque aunque navegamos las mismas aguas, no todos tenemos los mismos salvavidas. Es hora de dejar de tratar a los 36 millones de latinos elegibles para votar como un solo voto y de construir el poder que realmente representa nuestra diversidad.