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Hay una imagen que muchos hijos de inmigrantes conocemos muy bien. Es la de nuestros padres llegando a este país con la determinación y una promesa que nadie les había dado por escrito. Según cuentan, a muchos inmigrantes les decían que si trabajaban duro y se quedaban callados ante las injusticias, sus hijos tendrían una mejor vida. 

Ese sacrificio es personal y lo cargamos con nosotros sin importar cuánto tiempo haya pasado o cuán americanos nos sintamos a veces. El 28 de marzo, millones de personas lo llevaron a las calles.

Las marchas de No a los Reyes, o ‘No Kings,’ no fueron solo una protesta. Fueron una respuesta. Una respuesta al miedo que muchas de nuestras familias conocen muy bien. Miedo a las redadas de ICE, a sentir que el país en el que creciste o construiste una vida, de repente, te ve como si no pertenecieras. Para los hijos de inmigrantes, ese dolor no es algo abstracto. Lo hemos visto en la cara de nuestras madres y padres. Lo hemos sentido en conversaciones que se cortan al entrar un desconocido en la habitación.

Pero también salimos a las calles porque sabemos algo que el miedo intenta hacernos olvidar. Hemos estado aquí antes y hemos salido adelante.

La historia de este país está llena de momentos en los que comunidades enteras fueron empujadas al margen. Pero respondieron con una fuerza que nadie esperaba.

  • En los años 50 y 60, cuando las leyes Jim Crow mantenían a las comunidades negras segregadas y sin voto, el Movimiento de Derechos Civiles salió a las calles. No contaban con el apoyo del gobierno, pero sí con algo más. Tenían iglesias, tenían organización, tenían la certeza moral de que el statu quo era injusto. Boicots a autobuses, sentadas en mostradores, marchas de Selma a Montgomery. Y ganaron. 
  • En los años 60, trabajadores del campo, muchos de ellos mexicanos, muchos sin papeles, se organizaron. No tenían poder político, pero tenían algo más. Se tenían el uno al otro. Huelgas, boicots, marchas de cientos de millas. Y ganaron.

Las recientes revelaciones sobre los abusos cometidos por César Chávez nos parten el corazón por las mujeres y niñas que cargaron con este dolor. Nos duele profundamente por ellas. Este momento nos recuerda que los movimientos no son construidos por una sola persona y que el legado del movimiento de los trabajadores del campo es mucho más grande que cualquier individuo.

  • En los años 80 y 90, cuando el SIDA impactaba a comunidades que el gobierno prefería ignorar, ACT UP salió a interrumpir reuniones, a bloquear puentes y a gritar los nombres de los muertos en voz alta. Su rabia no fue destructiva, fue creadora. Salvó vidas, cambió políticas.

Ninguno de estos movimientos tuvo garantías. Ninguno operó desde una posición de poder fácil. Todos operaron desde exactamente el mismo lugar donde muchos de nosotros nos encontramos hoy. Con mucho que perder, pero con la certeza de que quedarse callado tiene un costo más alto.

El 28 de marzo, las calles se llenaron de personas que cargaban con esa historia. Carteles escritos a mano en español, en inglés y hasta en coreano. Abuelas con zapatos cómodos, estudiantes universitarios, familias enteras. Niños que quizás todavía no entienden exactamente qué significa todo esto, pero cuyos padres los llevaron porque quieren que algún día lo recuerden.

Para muchos hijos de inmigrantes, estar ahí fue un acto de representación de las voces de sus familiares, amigos y vecinos. Porque nuestros padres, en muchos casos, no pueden marchar. El miedo no desaparece fácilmente después de años de aprender a no llamar la atención. Pero nosotros sí podemos. Y hacerlo no es separarnos de ellos; es continuar con lo que empezaron.

Nuestras familias son parte de este, nuestro hogar. Criaron a sus hijos en él. Pertenecemos aquí no porque alguien nos lo conceda ni porque trabajemos duro por ello; pertenecemos aquí porque llevamos décadas, generaciones, formando parte de la fibra de esta nación, de esta comunidad.

Ese es el argumento que nadie nos puede quitar. 

Los movimientos que vinieron antes de nosotros no triunfaron porque las circunstancias fueron fáciles. Triunfaron porque la gente decidió que su presencia no era negociable. Que ocupar espacio, físico, político, histórico, era un acto necesario.

Lo que pasó el 28 de marzo fue eso. Presencia. Colectiva, ruidosa, necesaria.

No venimos de familias que se rinden. Venimos de familias que atravesaron fronteras, que aprendieron idiomas nuevos de noche después de turnos dobles, que sacrificaron su comodidad para darnos nuestra voz con la esperanza de un futuro mejor.

Usar esa voz no es rebelión, es herencia. Y eso es exactamente lo que miles de personas hicimos el 28 de marzo y continuaremos haciendo.

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